¿Qué duele más: cambiar o quedarse como uno está?

Entre el vértigo de lo nuevo y la frustración de seguir igual.

Madrid, 26 de Febrero de 2026.

“Sueño”. Toma digital directa.

Cuando éramos chicos, Arantxa me salvó la vida.

Estábamos en su casa, con Marcelita, mirando tele y comiendo palomitas. Yo hablaba mientras masticaba (costumbre heredada de mi madre, para desconsuelo de la Condesa Eugenia de Chikcof) y una semilla de maíz terminó obstruyendo mi respiración. Las chicas reaccionaron rápido y llamaron al adulto responsable, que seguramente estaba tomando vino en el comedor. Gracias a esa reacción hoy estoy sentado escribiendo esto.

Voy a ser sincero: de aquel suceso solo recuerdo la sensación de pánico al no poder respirar. El resto es reconstrucción a partir de relatos de mis padres y de Marcela, la madre de Aran y Marcelita, que de chicos fueron lo más cercano que tuve a hermanas.

Si alguna vez te pasó algo similar, sabrás que cuando no podés respirar el cuerpo hace todo lo posible por volver a la normalidad. No negocia. No duda. Actúa. Porque si no, bueno, a mirar las lechugas desde abajo y jugar póker con San Pedro.

Estuve pensando mucho en eso últimamente. En cómo el cuerpo busca naturalmente su equilibrio, mientras que la mente, a veces, elige quedarse donde no está bien. Y lo más inquietante es que incluso puede convencerse de que estando mal, se está bien…

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