El rockero y el proyecto fotográfico

Fotógrafos con alma de rockero, imágenes que no necesitan explicación y la tiranía del “proyecto”.

Madrid, 6 de noviembre de 2025.

No solo escribí sobre el fotógrafo rockero, también aproveché Halloween para ponerme en sus zapatos y salir a la calle con mi cámara

Hace unos días en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, histórico lugar por el cual pasaron ilustres personajes como Cervantes y Quevedo, se inauguró la sexta edición del Quijote Photo Fest. Allí escuché por primera vez a Eduardo Momeñe. Fue una magistral e inspiradora charla sobre fotografía, con la particularidad de que el orador no mostró ni una sola de sus imágenes.

Eduardo se presentó como un rockero, y me pareció pintoresca la imagen de un caballero curtido por la experiencia que solo dan los años: pelo blanco peinado, mocasines lustrosos, camisa y pantalón de vestir… hablando de AC/DC.

Pero lo que despertó verdaderamente mi interés, y es uno de los puntos que quiero explorar aquí, fue escucharlo decir que todo fotógrafo debería tener alma de rockero.

Lo primero que pensé fue que evidentemente existen muchos tipos de fotógrafos rockeros. El primero y más obvio que se me vino a la cabeza fue Robert Mapplethorpe, quien fotografiaba como vivía: provocando. Pero también existen casos menos evidentes, como el de Imogen Cunningham, que rompió reglas sin necesidad de usar camperas de cuero y látigos: desnudos honestos cuando eran tabú, flores y formas con una mirada moderna cuando nadie hablaba de modernidad, y una independencia feroz en un mundo que no esperaba que una mujer tuviera voz propia. Si eso no es rock and roll, no sé qué lo es.

De mi colección personal de fotografía rockera

Creo que sería interesante entonces, basado en los muchos ejemplos de antes y ahora, empezar por definir qué hace que un fotógrafo tenga alma de rockero. Debe tener la rebeldía necesaria para elegir su propio camino, para crear y vivir según sus propias reglas. Debe poseer la libertad de ser fiel a su esencia y a su mirada sin preocuparse tanto por seguir tendencias o corrientes. No se trata de seguir modas, sino de crear desde la autenticidad, sin pedir permiso. Debe trabajar sin importarle lo que piensen los demás, pero abierto a recibir críticas que le permitan potenciar su trabajo y que lo ayuden a llegar a donde quiere.

… si, quizás me entusiasme. Pero bueno de eso se trata ¿no?

El fotógrafo rockero debe creer en sí mismo y en su trabajo, pero también poseer la sabiduría necesaria para estar siempre abierto a continuar aprendiendo y mejorando. Porque si hay algo en lo que vamos a coincidir es que la fotografía, como la pintura, la escritura o cualquier otra forma de arte, el camino de aprendizaje es infinito. Cuando uno se convence de que ya lo sabe todo, lo más probable es que se estanque y deje de evolucionar.

no hay 2 sin 3.

Pero ser rockero no es solo una actitud o una forma de mirar. También es una forma de encarar el trabajo. Y ahí entramos en otro tema que apareció en la charla de Eduardo: el bendito proyecto fotográfico. Es la relación entre este último y el concepto del fotógrafo rockero lo que me interesa desarrollar en este artículo.

Hace tiempo, y más desde que me instalé en España, me cuesta conectar con el concepto de “proyecto fotográfico”. Parece que, si no tenés un “proyecto”, no tenés nada. Sos un fotógrafo de fin de semana.

Me emocionó escuchar a Eduardo decir en relación a los proyectos: “Siempre los dejo para mañana, porque hoy me voy a sacar fotos”, porque lo interpreté como una forma de defender que la fotografía también puede construirse desde la práctica libre, intuitiva, sin que todo tenga que encajar en un marco cerrado o conceptual.

Una serie o un trabajo fotográfico nace siempre de la acumulación de una o más imágenes. Pero lo importante es que el punto de partida sea el deseo de fotografiar, no la presión de encajar en una categoría.

Esta podría ser una serie o una pared como las que construí en: ¿Que mostrar? ¿y Cómo hacerlo?

Quiero que quede claro que no tengo nada contra los proyectos fotográficos. Pero no me gusta que se hayan convertido en la única forma legítima de producir imágenes. Como si lo que no encaja en una carpeta con título y statement no mereciera existir.

Hace un tiempo, hablando con un colega sobre el trabajo de un fotógrafo que me gusta mucho, me contó que lo conoció haciendo de revisor en un visionado de porfolios. El fotógrafo del cual hablábamos presentó un proyecto que a mi colega no le gustó nada. Pero antes de irse, le mostró otro trabajo, el que hace siempre, el que yo conocía, sin pensar en este como un proyecto. Y ahí, mi colega, igual que yo, se enamoró de sus imágenes.

Jamás debemos dejar que el corset del “proyecto” nos saque el foco y nos aleje de nuestra fotografía. Para eso debemos ser más rockeros y menos obedientes. A veces me pregunto cuántas fotos honestas mueren en el camino, aplastadas por la necesidad de encajar en algo. ¿Cuánta honestidad visual se pierde por querer quedar bien en un statement?

También me pregunto: ¿y si empezamos por la imagen… y vemos después si necesita palabras?

Cuando veo imágenes de Michael Kenna, de Ansel Adams o de fotógrafos menos conocidos pero fabulosos como Mikael Siirilä, no me hace falta ningún cuento para acompañar su trabajo. Porque, aunque parezca una frase trillada, la realidad es que sus imágenes hablan por sí solas. Su lenguaje es visual, y su fotografía se convierte en una forma de escribir sin necesidad de utilizar palabras. Y te dejo una pregunta: si la literatura crea imágenes en tu cabeza, ¿entonces la fotografía no debería poder crear las palabras suficientes?

De izquierda a derecha: Michael Kenna, Ansel Adams y Mikael Siirilä

Volvamos al mundo de la música por un momento. Todavía recuerdo la primera vez que vi el videoclip de “Thriller” de MJ (no sé si ahora se les seguirá llamando así, pero ese era el nombre que recibían los videos musicales cuando almorzaba y cenaba MTV en los 90s). O de “One” de Metallica, o más recientemente “Hurt” de Johnny Cash o —para los centennials— “Papota” de Catriel y Paco Amoroso. ¿Qué pasa cuando a un gran tema musical le agregás un video o short film que lo eleva convirtiéndolo en una obra de arte mucho más interesante? Pasa lo mismo cuando un excelente trabajo fotográfico se potencia con la palabra. No depende de ella, sino que la palabra eleva algo que ya por sí solo era valioso.

Me cuesta conectar con los trabajos de fotografía que se sostienen en la palabra, que necesitan un manual de instrucciones o una guía para cobrar sentido.

Tomé esta foto el pasado años en una importante muestra de fotografía… O la soñé, no lo recuerdo.

Me conmueve cuando el texto y la imagen se encuentran, no para explicarse, sino para desafiarse. Cuando no hay subordinación, sino diálogo. Como el videoclip de una gran canción: no explica la letra, la expande.

Tal vez por eso Eduardo también habló de escritura, de cómo se entrelaza con la fotografía y la enriquece. Dijo algo muy bello, a lo cual adhiero: “Todo escritor debería tener una cámara encima y todo fotógrafo un lápiz en la oreja”.

Escuchar a los que saben está bien… Pero más importante es escucharnos a nosotros mismos. Animarse a romper un poco las reglas, trabajar con libertad, aprender todo lo que podamos y después olvidarlo cuando salimos a hacer fotos. Ser disruptivos, confiar en nuestro instinto y escribir nuestra propia música.

Seamos libres, seamos rebeldes y no pidamos permiso. No sigamos el ritmo. Como buenos rockeros, debemos encontrar el propio.

“I don’t know where I’m going from here, but I promise it won’t be boring.”

—David Bowie


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“Antes y despúes del click”

Un diario visual y personal sobre mi camino fotográfico. Cuento experiencias, errores, aciertos, técnica, procesos, proyectos y todo lo que me sucede entre una captura y la siguiente. No busco enseñar, solo compartir mi recorrido.

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